Pintar con los dientes
Audioguía de la exposición: Picasso. Propaganda y activismo político
[16] Introducción: Picasso activista
Bienvenidos a la sala de exposiciones del Museo Casa Natal Picasso. Aquí van a encontrarse con un Picasso que quizá desconozcan: no el genio encerrado en su estudio y ajeno al mundo, sino un hombre metido hasta el cuello en los conflictos de su tiempo. Es fácil pensar que su compromiso político empezó el día en que se afilió al Partido Comunista Francés, en noviembre de 1944. Cómodo, incluso: así uno se queda tranquilo pensando que todo lo anterior fue simple gesto estético. Pero esa idea es, sencillamente, falsa.
Picasso no se limitó a pintar cuadros con mensaje y firmar algún manifiesto de vez en cuando. Abrió su estudio como si fuera una embajada permanente de causas justas. Por allí pasaron resistentes perseguidos por la Gestapo, poetas exiliados, científicos comunistas, líderes políticos y viudas de fusilados. Puso su fama al servicio de gente que nadie más escuchaba, financió publicaciones clandestinas, pagó entierros, sostuvo hospitales y comedores infantiles y diseñó, junto a dirigentes políticos, auténticas estrategias de propaganda y solidaridad.
En esta exposición no vamos a hablarles del Picasso simpatizante. Vamos a mostrarles al activista: al que participa, al que da la cara, al que convierte su casa en refugio y su pincel en arma con numerosos ejemplos. Empecemos por el episodio que marcó el punto de no retorno.
[17] Guernica y la Guerra Civil española
Hasta mediados de los años treinta, Picasso mantuvo su arte, al menos en apariencia, alejado de la política. Fue la Guerra Civil la que lo cambió todo. El bombardeo de la ciudad vasca de Guernica, en abril de 1937, le llegó tan hondo que aceptó pintar el gran lienzo para el pabellón español de la Exposición Internacional de París, un encargo que en principio le generaba serias dudas: él nunca había trabajado por encargo, y mucho menos sobre un asunto político.
Pero Guernica no fue un hecho aislado, sino la culminación de un compromiso que ya venía de antes. Meses atrás había donado el diseño íntegro de Sueño y mentira de Franco, una carpeta de grabados satíricos cuya venta —245.000 francos de la época— sería destinada al bando republicano. Aceptó también, en plena guerra, el cargo de director del Museo del Prado, aunque nunca pudo viajar a Madrid; y explicó, con una lógica aplastante, que los verdaderos conservadores del museo en ese momento eran los soldados que defendían la ciudad, no los eruditos. No hacía falta ser muy avispado para darse cuenta de que Picasso resultaba mucho más útil en París que en un Madrid bajo las bombas italianas y alemanas que apoyaban el avance de Franco.
El dinero jamás fue el motor para convencer a Picasso. A finales de 1938 envió 200.000 francos para comedores infantiles en Madrid y Barcelona. Guernica, decía él, no estaba pintado con pinceles, sino con el corazón. Y ese corazón seguiría latiendo mucho después del armisticio: el cuadro viajaría por Europa y Estados Unidos recaudando fondos y denunciando el fascismo, convertido ya en símbolo universal contra la guerra.
[18] Picasso y los escritores
Picasso vivió siempre rodeado de escritores, y muchos de ellos, lejos de ser meros amigos de café, fueron auténticos cómplices políticos. Dora Maar, su compañera en la segunda mitad de los años treinta, y su amigo, el poeta Paul Éluard, estaban profundamente comprometidos y, a través de este círculo, Picasso empezó a colaborar activamente con la causa republicana, incluso antes de pintar Guernica: ya en el verano de 1936 aportó poemas a la revista británica Contemporary Poetry and Prose, que dedicó un número entero a su figura mientras exigía en su portada trasera, con letras gigantes, armas y apoyo económico para España.
El poeta Juan Larrea, su amigo íntimo, se encargó de distribuir internacionalmente Sueño y mentira de Franco. Y fue otro escritor, Max Aub, quien tuvo la audacia de convencerle para firmar el contrato de Guernica.
Pero el episodio más singular llegó en plena ocupación nazi de París. En marzo de 1944, Picasso convocó en su propio estudio una lectura dramatizada de una obra de teatro que él mismo había escrito, El deseo atrapado por la cola. Ante un público reducidísimo pero explosivo —Sartre, Camus, Simone de Beauvoir, Cocteau, Lacan, Reverdy— aquella reunión funcionó como lo que realmente era: una convocatoria antinazi disfrazada de velada literaria, presidida por un retrato de Max Jacob, amigo fallecido en un campo de concentración, colocado allí a modo de homenaje.
[19] Picasso y la resistencia francesa
Quedarse en el París ocupado ya era, de por sí, un acto de resistencia. Picasso tenía dinero, contactos e invitaciones de sobra para marcharse; el propio cónsul estadounidense le insistió varias veces. Sin embargo, se quedó, siguió trabajando y se negó en redondo a colaborar con el régimen nazi, que consideraba su obra «arte degenerado».
Cuenta el crítico Gualtieri di San Lazzaro una anécdota que resume su carácter: al hablarle de la derrota francesa, Picasso protestó que él no se consideraba en absoluto vencido, y que si los pintores del Reich lo desafiaban, aceptaría el reto. Cuando le advirtieron de que antes le cortarían las manos, respondió con rabia: “Entonces cogeré los pinceles con los dientes”.
No fueron solo palabras. Donó generosas cantidades a las Fuerzas Francesas del Interior, y su gesto de resistencia silenciosa —seguir pintando, seguir siendo él mismo— fue reconocido después tanto por el pueblo parisino como por el propio gobierno del general De Gaulle, que bien poco tenía de comunista. Había sufrido ataques feroces, como los del pintor Maurice de Vlaminck en plena ocupación alemana, que llegó a acusarlo directamente de estar detrás de la «decadencia» de la pintura francesa con insinuaciones antisemitas. Pero en la memoria colectiva de París quedó grabada otra imagen: la del extranjero que decidió resistir, mientras algunos compatriotas suyos elegían colaborar.
[20] Picasso y los surrealistas de La Main à Plume
El estudio de la rue des Grands Augustins no era solo un lugar de trabajo: era un auténtico centro de operaciones. Ya desde antes de la ocupación había recibido allí a figuras como André Malraux o el dirigente comunista Laurent Casanova. Cuando París cayó bajo el dominio nazi, ese estudio siguió siendo un punto de encuentro imprescindible para la intelectualidad rebelde.
Fueron precisamente dos amigos suyos plenamente comprometidos con la resistencia, Benjamin Péret y Paul Éluard, quienes introdujeron en el taller a los jóvenes poetas de La Main à Plume, el grupo que había tomado el relevo del surrealismo parisino tras la huida de André Breton a Estados Unidos. Picasso no se limitó a abrirles la puerta: financió sus publicaciones e ilustró varias de ellas, títulos humildes y clandestinos que difícilmente habrían visto la luz sin un respaldo económico.
Entre aquellos jóvenes se encontraba el español Manuel Viola, exiliado y antiguo miliciano, a quien Picasso ayudó dándole trabajo. Y hubo un final trágico: Robert Rius, uno de los autores del último número que el grupo dedicó al propio Picasso en 1944, fue arrestado por la Gestapo, torturado y fusilado apenas cinco meses después de aquella publicación, semanas antes de la liberación de París.
[21] Los héroes de Picasso
Frente a la imagen del genio distante, Picasso reaccionó una y otra vez ante la injusticia con retratos, carteles y firmas que ayudaron a difundir causas concretas. A esas personas hemos querido llamarlas «los héroes de Picasso»: hombres y mujeres que perdieron la vida o la libertad luchando contra el fascismo, la guerra o la opresión.
Ahí está Robert Desnos, poeta surrealista y miembro de la resistencia, deportado por la Gestapo y muerto de tifus en Terezín apenas fue liberado el campo. Ahí está Madeleine Riffaud, resistente que abatió a un oficial nazi y a quien Picasso retrató para ilustrar su primer libro de poemas. Ahí está Max Barel, torturado por Klaus Barbie (apodado “El carnicero de Lyon”) sin soltar una sola palabra, cuyo padre pidió a Picasso un dibujo para dar a conocer su historia. Ahí está Nikos Beloyannis, líder comunista griego condenado a muerte, por quien Picasso se movilizó junto a Sartre y Chaplin. Y también Henri Martin, marinero encarcelado por oponerse a la guerra de Indochina; Ethel y Julius Rosenberg, ejecutados en plena Guerra Fría, en cuya defensa Picasso llegó a presidir un acto público; y Djamila Boupacha, activista argelina torturada, cuyo caso denunció junto a Simone de Beauvoir y Gisèle Halimi.
No son anécdotas sueltas: son la prueba de un compromiso sostenido durante décadas.
[22] La paloma de la paz: el ejemplo del padre en el hallazgo de un símbolo universal
Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo respiraba un alivio frágil, amenazado ya por la nueva sombra de la bomba atómica. En ese contexto, Picasso ofreció al movimiento pacifista internacional un símbolo que todavía hoy reconocemos al instante: la Paloma de la Paz.
El origen de esa imagen no es casual, sino profundamente personal. Picasso vivió su infancia junto a un padre, Don José Ruiz Blasco, que era pintor y que sentía predilección por las aves, especialmente por las palomas, hasta el punto de criarlas él mismo en casa. El propio Picasso contó, en el discurso que pronunció ante un congreso por la paz, que cuando la vista de su padre empezó a fallar, fue él, siendo apenas un niño, quien empezó a pintarle las patas de las palomas en sus cuadros. Con el tiempo, aquel gesto infantil se convirtió en herencia: recordaba, entre la emoción y la ironía, lo orgulloso que se habría sentido su padre al ver que sus modestas palomas habían dado la vuelta al mundo.
Picasso realizó cientos de dibujos de palomas, reproducidos en carteles, litografías, pañuelos y postales que se repartieron por congresos de todo el planeta. A veces ni siquiera eran palomas adultas, sino pichones —algo que él mismo sabía y que le divertía viendo que casi nadie se percataba—. Lo importante era que el mensaje de paz llegara a todos los rincones del mundo.
[23] El amigo español: Eugenio Arias
Terminamos con una historia que se sale de los grandes nombres de la política y la resistencia, pero que quizá sea de las más entrañables. Eugenio Arias Herranz nació en Buitrago del Lozoya, en Madrid, y luchó en las batallas de Madrid y del Ebro durante la Guerra Civil. Tras la derrota republicana, tomó el camino del exilio: fue internado en el campo de trabajo de Argelès-sur-Mer, se alistó después en la resistencia francesa dentro del maquis de Corrèze y, ya liberada Francia, participó en la fallida Operación Reconquista de España a través del Valle de Arán.
En 1947 se instaló como barbero en Vallauris, el mismo pueblo del sur de Francia donde Picasso pasaba largas temporadas. Al enterarse de que un compatriota español se había establecido allí, Picasso fue a buscarlo personalmente. Nació entre ellos una amistad que duraría veintiséis años, alimentada por el amor compartido a España y por una afición común: los toros.
Arias no fue solo el barbero de Picasso: se convirtió en uno de sus principales enlaces con el Partido Comunista español, el puente cotidiano entre el artista más famoso del mundo y la causa antifranquista que nunca dejó de acompañarle desde el exilio.
[24] Cierre y despedida
Como habrán comprobado a lo largo de este recorrido, la generosidad de Picasso no se quedó en el gesto simbólico. Fue quien ayudó a numerosos exiliados españoles en París, quien sostuvo un hospital en Toulouse, quien financió comedores en la España de la guerra y quien puso su imagen, su iniciativa o su firma al servicio de innumerables asociaciones solidarias y comités de ayuda. Pagó, sin hacer ruido, el entierro del pintor judío Chaim Soutine en un París atenazado por el nazismo; apadrinó a la escritora resistente Madeleine Riffaud; y llegó incluso a crear el símbolo universal de la paz que todos reconocemos hoy. También aportó su grano de arena para pedir, por poner uno de tantos ejemplos, la amnistía de los presos políticos españoles y apoyar al Comité Nacional de Ayuda a las Víctimas del Franquismo.
Entender ese activismo, con todas sus formas silenciosas y sus gestos públicos, es imprescindible para comprender de verdad el compromiso social de Picasso: un compromiso que alcanzó su punto de ebullición —pero nunca su origen— en Guernica.
Gracias por acompañarnos en esta visita. Esperamos que, a partir de hoy, miren la obra de Picasso con otros ojos.